¿Recuerdas ese día
cuando le sacaste las rueditas a tu bicicleta?
Yo al menos sí,
aun recuerdo la bici que tenía en ese momento, era hermosa, una bici de color
celeste, con su típica parrilla atrás, tenia puños blancos, se acercaba mucho a
lo que es una bicicleta de paseo.
Era un día cualquiera
y mi padre se esforzaba por seguirme afirmándome del asiento para que yo no
callera, una vez que lograba cierta estabilidad me soltaba para que yo obtuviera
el equilibrio necesario para seguir andando, para luego al llegar al final de
la cuadra tenias que dar la vuelta, esa vuelta tan difícil para algunos, en mi
caso particular me ponía nerviosa ya que si hacías algo mal estabas en el suelo
una vez más. Una vez realizada la vuelta me ponía en posición y con la ayuda de
mi papa iniciábamos el ruedo, y de ahí era tratar una vez más hasta que saliera
cada vez mejor.
La sensación de
libertad que se genera en uno cuando finalmente aprendes a andar sin las
rueditas y sin la ayuda de tu papa, es increíble, eres el suceso de la familia
y de la cuadra, ya nada te puede detener a tan corta edad.
Lamentablemente mi
bicicleta me quedo chica y tuve que reemplazarla por una roja, que nunca fue
tan querida como la celeste, pero sirvió para seguir rodando por los diversos
parques de Santiago.
